Y trasciende.
Y hazme dinamo mientras sonríes.
Y sé madre. Sé todo.
Saca las bragas
y hazme morir.
Rodéame en tu vientre cálido,
de pan,
que huele a leche.
Solo me importa eso.
Que te quites las bragas
ya.
Y trasciende.
Y hazme dinamo mientras sonríes.
Y sé madre. Sé todo.
Saca las bragas
y hazme morir.
Rodéame en tu vientre cálido,
de pan,
que huele a leche.
Solo me importa eso.
Que te quites las bragas
ya.
¿De qué se ríe el ajolote? Sabe algo que desconocemos. Preserva la esencia azteca. Contempló las montañas de cabezas cortadas con las que Cortés y sus hombres se estremecieron. Nos mira desde el infinito mexica, desde el misterio humano. Mis amigos se van al extranjero a trabajar. Yo me quedo aquí, en paro, sin podeer quitarme de la cabeza la expresión del Ambystoma mexicanum. La selección de fútbol de España ganó el mundial. El capital acude en auxilio de la banca española con un crédito de 100.000 millones de euros bajo el brazo. Y el ajolote sonríe. Su asombrosa capacidad de regeneración, curiosamente, hace que se encuentre en grave peligro de etinción. Las empresas farmacéuticas lo han estado cazando sin ningún tipo de control. Pero no parece que le importe demasiado. Se limita a contemplarnos desde otra dimensión, esbozando su gesto atávico, el mismo que fascinó a Julio Cortázar. Salamandra acuática atávica, animal del inframundo. Monstruo marino, hermano gemelo de Quetzalcóatl, yo te saludo.

Un ajolote
Eres como el teclado de 96 Tears, como la primera calada de mi cigarro. A medianoche miro la luna y pienso en ti. Volverás pronto y yo te espero. Me recuerdas a la voz de Rudy Martínez en esa canción: hipnótica e inmortal. Te quiero y tú lo sabes, pero no llores más. Perdóname, cariño. No tengo palabras para tanto dolor. Y tu voz, como el sonido del Vox, trepanando mi alma. Pero basta de llantos, son demasiadas lágrimas para ser lloradas por un corazón. Tus ojos me miran. Te ríes, todo va bien. Deja que yo llore por ti.
Esclavos con diferentes nombres, pero esclavos al fin.
Tu negrero echa la culpa de todo a Zapatero mientras te deja con cinco días menos de vacaciones, después de tenerte trabajando durante todo el mes de agosto. El mío es como el tuyo, solo que más sutil. A los dos nos han engañado desde que íbamos al colegio. Llevamos indignados 30 años pero no vamos a ninguna asamblea. Vayamos a ninguna parte.
Campañas de sensibilización a favor de nosequé y proyectos internacionales de cooperación para nosecuanto. Y nos roban nuestra juventud a plazos. Una señora habla muy preocupada en televisión sobre los perros sin hogar. El periódico del bar abre su cuadernillo local con una gata maltrecha que se cayó desde un octavo piso. Otras veces habla de ositos de peluche perdidos y de cerdos que se comportan como personas. Subvenciones para artistas locales. Sicarios colombianos. Prostíbulos que abren. Homilías monótonas. Amigos que te abandonan. Coños secos. Resurrección de los muertos. Grupos de rock perfectamente despeinados. Carreteras interminables a ninguna parte. Amén.

Las películas ya no son películas, son videoclips. Las niñas de 16 años son ahora como putitas francesas. Y los chavales parecen todos iguales. No hay una sola nota discordante: llevan todos la misma ropa de imbéciles y tienen la misma expresión de vacío. Y aún encima el último disco de Lenny Kravitz es una puta mierda. Claro que siempre podemos huir.
Es muy fácil poder comprarse una Harley y ser un rebelde de bar. O decir hermosas idioteces 2.0. Mick Jagger es sir, pero sabemos que Keith nunca lo sería. Veo las fotos de facebook de tu viaje a Londres. Veo películas en blanco y negro. Veo cómo sirven las copas en la barra. Veo mi sueldo de novecientoseurista. Veo a los poetas de moda con sus másteres y sus mejillas sonrosadas, veo sus ojos de absoluto papanatismo. Veo el apocalipsis cada día en el supermercado. Mientras, tú lloras.

Alan Christie Wilson
Pienso en el suicidio de Alan Christie Wilson, alma máter de Canned Heat. Piensio en su cuerpo desnudo de 27 años entre los árboles del cañón de Topanga, vuelto hacia las estrellas de la noche californiana de septiembre de 1970. El Búho Ciego no dejó más nota póstuma que su silencio. Y sus canciones. Como su inmortal e hipnótica adaptación de On The Road Again, un tema del bluesman Floyd Jones, que a su vez se inspiró en un viejo blues de 1928 de Tommy Johnson. El retorno a ninguna parte, el viaje en sí mismo. La carretera como el destino fatal al que es inevitable regresar. La huida hacia la desesperación. Un blues perfecto, en el que la aspereza de la música contrasta con la voz suave y espectral de Wilson. Alzo mi copa a la luna por ti esta noche, amigo.
Take a hint from me mama. Please, don’t you cry no more, don’t you cry no more. ‘Cause it’s soon one morning down the road I’m gone.
Acéptame un consejo, nena. Por favor no llores más, no llores más. Porque pronto, una mañana, me habré ido carretera abajo.
Siglo XXI. Un tiro en la cabeza de Bin Laden y los ciudadanos civilizados salen a celebrarlo a la calle. Una bonita forma de celebrar el Día de la Madre. El Nóbel de la Paz, satisfecho con el operativo. Una niña de 15 años sonríe a la cámara desde el tumulto. Hemos avanzado mucho. El presidente de Estados Unidos es negro, está prohibido fumar en las cafeterías y los políticos ahora dicen “ciudadanas y ciudadanos”. Además tenemos Internet para bajarnos películas porno. Los gobernantes occidentales se congratulan tras el asesinato. Un hombre encorbatado habla de terrorismo con el rictus serio en televisión, y de la amenaza de la barbarie integrista. ¿A qué demonios se referirá? Corramos a Facebook a escribir alguna mierda sobre Al Qaeda. Y a otra cosa mariposa, sin pensar demasiado en que acaban de ejecutar alegremente a un hombre.
El próximo podrías ser tu.
“Le atiende Vanessa”, me dijo aquella voz sin alma al otro lado del océano. Vanessa siempre me había parecido un nombre de puta. Además, yo no la había llamado. “Nos comunicamos con usted, uno de nuestros mejores clientes, para ofrecerle la nueva promoción de Movistar”. No entendí toda aquella pompa. Ellos solo querían mi dinero. A mí no me importaba ni lo más mínimo que la empresa quebrara. Es más, me encantaría que todas sus oficinas, promociones y tarifas planas volasen un día por los aires. Además yo era un cliente de mierda, de esos que no llaman para preguntar qué hay de comer, ni para contarle a Puri lo que le dijo Coki que le pasó a Pachi “Mire, perdone, no me interesa. Ahora estoy muy ocupado”, le dije a Vanessa. Hasta entonces sentía verdadera lástima por las teleoperadoras. Todas las veces que me habían hablado me imaginaba sus tristes vidas. Encerradas en receptáculos de cristal, sin vida. Una existencia casi tan triste como la mía. Me imaginaba sus sueños rotos y sus novios alcohólicos a los que mantenían. Nunca había podido concentrarme en absolutamente nada de lo que se afanaban en transmitirme esas voces femeninas. Pero Vanessa tenía un tono frío y aséptico y pretendía que la escuchara a toda costa. Y yo no podía, ni quería. Estuve unos cinco minutos en esa tesitura hasta que le colgué el teléfono. Me sorprendí de mi propia paciencia. Es duro ser un caballero en estos tiempos.
La vanidad de nuestros cigarros en la oscuridad, nuestras gafas de sol, nuestro look descuidado, nuestros párrafos redondos, nuestras fotos en blanco y negro, nuestras citas literarias. La presunción de inocencia. Vivencias que creemos únicas, sensaciones que solo nosotros atesoramos. Nuestras sentencias irrefutables, nuestros amigos tan especiales. Cenas con vino caro y delicatessen. Planes de pensiones y gigas de porno. El funeral de la abuela. Lo que damos por sentado, los conductores que quisiéramos asesinar. Técnicos municipales de urbanismo. El mal aliento por las mañanas, el cáncer que nos devorará. Viaje al fin de la noche. Nos mantiene a flote la ilusión de atracar un banco, o la esperanza de que nos toque la lotería. Chuck Berry morirá pronto, o Jerry Lee. Después leeremos apasionadas crónicas sobre sus vidas de los que compran discos de The Killers, System of a Down, Artic Monkeys, Radiohead, Keane o mierda por el estilo. Ya casi no nos queda ni rock and roll.