Dejando de fumar

Eran cerca de las doce. Charlábamos dentro de tu coche, en el puerto de Sada . Estábamos dejándolo pero íbamos a fumarnos uno de esos “últimos pitillos” mirando hacia el mar, un enorme negror circundado por temblorosas luces anaranjadas.  Solo unas cuantas farolas de luz mortecina irrumpían en la oscuridad. Tus ojos, grandes y ligeramente rasgados, brillaban mientras cogías un Winston de mi cajetilla. Tu piel resplandecía mientras te reías. Vimos llegar a puerto, a pocos metros de donde estábamos, un barco pesquero. Sus grandes focos iluminaban las alas de las gaviotas, que chillaban revolotenado a su alrededor. Te di fuego. Prendí mi cigarro y bajamos las ventanillas. 

Me despisté mirando las luces a lo lejos. Cuando volví mi rostro hacia ti estabas dando una calada honda y gratificante, parecía que lo llevases deseando durante años. Tenías una mano sobre la rodilla y con la otra sujetabas el pitillo. Echaste el humo hacia fuera, con la cabeza ligeramente elevada y los ojos entreabiertos. Yo llevaba dos días casi sin fumar. Te hablé.

-A mí ya me sabe un poco mal.

Hiciste una pausa. Diste otra calada. Me miraste a los ojos y respondiste.

-Pues a mí me está sabiendo de puta madre.

 No cambies nunca, Isabel.

 

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